Una casa precaria y alejada, al costado de la ruta, fue el escenario de uno de los femicidios más impactantes de las últimas décadas en la provincia de Tucumán. Milagros Torres, con apenas 12 años, fue atacada mientras dormía a fines de mayo de 2016 por la expareja de su mamá que, un día antes del crimen, había amenazado a la mujer porque se negaba a volver con él: “Me pinta el diablo y soy capaz de todo por vos”.

La noche que asesinaron a su hija María del Carmen Aranda la había dejado sola para ir a bailar con sus amigos. Cuando volvió, ya cerca de las 8 de la mañana del día siguiente, encontró a Milagros muerta en su cama. Estaba semidesnuda, atada de pies y manos con cables y tenía una bola hecha con medias en la boca. La habían violado y asfixiado.

El caso tuvo un principal y único sospechoso desde el inicio y se cerró un año después con una condena a prisión perpetua, que de poco sirvió para contrarrestar un horror semejante y la sensación de que la muerte de la nena no había sido más que el desenlace inevitable del desamparo en el que vivía. “Milagros fue víctima de un abandono total”, lamentó el exfiscal Fabián Rojas, quien tuvo a cargo la investigación.

“Me pinta el diablo y soy capaz de todo”

Milagros y su mamá vivían solas en una casa muy humilde del asentamiento El Porvenir de la localidad de La Cocha, cerca de la ruta provincial 334. Allí también vivió con ellas Ricardo “Pelancho” Pérez, el padrastro de la nena condenado por el femicidio, hasta que tres meses antes del crimen María del Carmen decidió ponerle fin a la relación.

Pérez se fue de la casa, pero no estaba de acuerdo con la separación y siguió hostigando a la mujer en busca de una reconciliación. Los mensajes no se detenían y sistemáticamente la respuesta que recibía era siempre la misma: no. Entonces también empezaron las amenazas de muerte.

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“Te voy a olvidar sea como sea, aunque tengo ganas de matar a todos me sostengo porque no soy el hijo de… que era antes”; “Me pinta el diablo y soy capaz de todo por vos”; “Te voy a matar a vos o a alguno de los tuyos”, fueron algunos de los inquietantes mensajes que Aranda recibió por parte de su expareja, según consta en la causa y detalló a este medio Rojas.

Y aquella madrugada otoñal, hace ya casi ocho años, las palabras se convirtieron en una macabra realidad.

El femicidio de Milagros Torres

Cuando Aranda volvió de bailar el domingo a la mañana su hija ya estaba muerta. Fabián Rojas, actualmente juez de Cámara Penal de Tucumán, ejercía en ese momento como fiscal y fue una de las primeras personas en llegar a la escena del crimen, una imagen que nunca pudo olvidar.

La víctima estaba boca abajo sobre la cama y con un cable eléctrico le habían atado los tobillos y las muñecas. Pero además, el asesino había silenciado sus gritos con un ovillo improvisado con medias. “Me impresionó mucho porque los peritos tiraban y no terminaban de salir las medias de su garganta”, describió Rojas.

Los signos de un ataque sexual eran evidentes y los investigadores no tardaron tampoco en descubrir cómo había ingresado el asesino a la vivienda. “Era una casa construida con caña hueca, alambre y plásticos negros como paredes, constatamos que había cortado uno de esos plásticos con un cuchillo”, recordó el exfiscal.

Pero faltaba ponerle aún nombre y apellido al femicida y fue la madre de Milagros, cuando estuvo en condiciones de declarar, quien colocó a Pérez en la mira de la Justicia. Sin embargo, cuando fueron a buscarlo a su domicilio, no encontraron a nadie. El hombre se entregó espontáneamente casi 24 horas más tarde en una comisaría de Aguilares.

La casilla donde vivía Milagros con su mamá. (Foto: gentileza La Gaceta).
La casilla donde vivía Milagros con su mamá.

“Hay algo que me dice que sí…”

Cuando Pérez se presentó ante los policías dijo que sabía que lo estaban buscando. Su abogada, la defensora oficial Carolina Ballestero, le aconsejó que no declarara, pero el hombre quería dar su versión de los hechos, insistió y habló.

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“Dijo que sentía que había hecho algo malo, pero no recordaba qué era”, precisó Rojas sobre la indagatoria del femicida. Pérez también declaró que esa noche había salido, había tomado alcohol y se había drogado. “Me dio la impresión de que quería confesar el hecho, que de algún modo sentía culpa”, agregó.

“Hay algo muy adentro mío que me dice que sí…”, recordó Rojas que fueron las últimas palabras de Pérez. Pero en esa pausa se perdió y si pensaba admitir el crimen de la nena de 12 años, finalmente no lo hizo. Tampoco hizo falta.

La escena del crimen, en la localidad tucumana de La Cocha. (Foto: TN).
La escena del crimen, en la localidad tucumana de La Cocha.

La carga de la prueba

Al momento de su detención, Ricardo Pérez “tenía manchas de sangre y pelos” en su campera que después se comprobó que eran de la víctima. Esto se sumó a la serie de mensajes que le había enviado a la madre de Milagros y que la mujer aportó como prueba de las amenazas.

Otra prueba que se sumó en su contra fue el video de la cámara de seguridad de una estación de servicio, que lo registró cuando pasaba caminando solo en dirección a la casa donde vivía la víctima.

Pero el elemento determinante que selló su suerte fue el resultado de la prueba que hicieron sobre el líquido seminal encontrado en el cuerpo de la víctima. La coincidencia con el padrastro fue del 99.9 por ciento.

La pena máxima

El caso llegó a juicio un año después del hecho. La acusación pidió la prisión perpetua de Pérez, al considerar que éste había asesinado con alevosía a la víctima e incurrió en “criminis causa” al matarla para evitar que se descubra el abuso sexual.

Por su parte, la defensa había solicitado la absolución por el principio de la duda. “Pérez no dice en su declaración y de manera directa que él fue el que mató, sino que plantea que podría ser ante las fotos y otros elementos de pruebas con que lo incriminan”, alegó Ballestero.

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Finalmente, la Sala II de la Cámara Penal del Centro Judicial de Concepción se alineó con el planteo de la fiscalía y condenó a Pérez a la pena máxima.

“Un desamparo total”

En paralelo, la conmoción que había causado el crimen de Milagros fue tan fuerte que también puso bajo la lupa el rol de la madre de la víctima dentro de la tragedia. “En las redes sociales la criticaban por haber dejado sola a su hija a pesar de las amenazas que recibía”, comentó Rojas.

“Se abrió una investigación en contra de ella para determinar si había algún tipo de participación criminal, pero no había indicios serios”, explicó el funcionario judicial. Y subrayó: “Fue una actitud irresponsable que no constituye ningún delito”. Asimismo, Rojas resaltó que Aranda también era víctima de violencia de género.

En ese contexto, el exfiscal señaló además la ausencia del padre biológico de Milagros. “No tenía contacto con su hija desde hacía por lo menos cinco años”, indicó Rojas sobre el progenitor de la víctima. Y apuntó: “La nena vivía sola con su mamá, que había tomado ese terreno porque no tenían donde vivir. No tenían ni los servicios básicos”.

“Penalmente, se hizo todo lo que se podía hacer, el autor del hecho fue condenado y sigue preso”, dijo Fabián Rojas sobre el cierre de la entrevista. Y concluyó: “Tal vez lo que falló fue la prevención social, Milagros era una nena que estaba en un estado de desamparo total, con un padre que la había abandonado hace muchos años y esa madre, con los reproches que se le puedan hacer, era todo lo que tenía”.

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